Norte de Tailandia, Chiang Mai
El uso de los collares de las mujeres jirafa es simplemente una costumbre cultural indicadora de belleza. “Tradicionalmente los collares se consideraban joyas. Cuanto más largos, mayor era el atractivo de la mujer y mayor era su prestigio” me decía Kaya en un fluido inglés.
En el norte de Tailandia me detuve en Chiang Mai, una ciudad de un millón y medio de habitantes que se destaca por su casco antiguo bordeado por una grande fosa y restos de una muralla que datan del siglo XIV. Allí, mi estadía se prorrogó durante un mes, para descansar un poco y adentrarme en alguna actividad, porque según la gente Chiang Mai es un símbolo de identidad cultural donde se pueden tomar clases de thai, de cocina, de boxeo, de masajes y de meditación. Esta vez me interesé en un curso de meditación vipassana, la técnica que se remonta a las enseñanzas de Buda y que es enseñada gratuitamente en mas de 70 países. Aquí en Tailandia el curso es dictado por los monjes budistas del templo Ram Poeng, desde hace más de 30 años, entre otros lugares.
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| Templo Ram Poeng |
El templo Ram Poeng realiza dos tipos de cursos, uno de 26 días y otro de 10. Según me explicaron la meditación Vipassana es una técnica de auto-conocimiento a través del entrenamiento de la conciencia focalizada que se fundamenta en la contemplación del cuerpo, de los sentimientos, de los pensamientos, y de los objetos de la mente. De esta manera la práctica de meditación se basa en dos ejercicios. El primero es a través de la meditación durante el caminar, siendo conciente del ascenso, del recorrido y del apoyo del pie y el segundo es a través de la meditación sentado, contemplando el levantamiento del abdomen y su caída durante el respirar.
Ambos ejercicios son seguidos el uno por el otro en fracciones de tiempo que aumenta con el correr de los días. En el primer día de curso mi maestro me pidió hacer un total de 6 horas y durante los últimos ya me pedía entre 10 y 12 horas diarias. En mi caso por ser la primera vez tomé el curso de 10 días, y no fue nada fácil porque también uno debe cumplir ciertas restricciones, como la de levantarse a las 4 de la mañana, no comer nada a partir de las 12 del mediodía y no hablar. Sólo teníamos un reporte diario con el maestro de 5 minutos para aclarar dudas y desarrollar los ejercicios de meditación.
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| Celebración "Día de Buda" | Celebración "Día de Buda" |
Y en cuanto a mi experiencia personal me pasó de todo, durante los primeros días sentí mucho dolor, meditar sentado en posición de loto me resultaba un martirio y me causaba malestar en mi espalda y en mis piernas; también me inquietaba la ansiedad por la comida que apenas podía calmar con un vaso de leche. Me costaba concentrarme y por ello al tercer y cuarto día pensé en abandonar el curso. Pero resistí. Luego durante los días siguientes me sentí mejor, pude tranquilizarme y calmar la agitación del viaje y mis dolores de estómago que a menudo tanto me inquietan. Y por primera vez sentí paz y entendí que con disciplina y determinación uno puede alcanzar lo que se proponga. Por momentos no quería que suene la alarma del reloj que me avisaba para cambiar de ejercicio; me sentía como en las nubes y me encantó. Pero luego sentí como que me había pasado de vuelta, porque durante los días 7 y 8 me sentí peor de cómo había llegado, estaba alterado, tenía los dientes contraídos y durante las noches me despertaba varias veces exaltado creyendo que era la hora de meditar. Me alarmaba mirarme al espejo, tenía cara de loco y mis ojos parecían dos huevos fritos, hasta mis propios compañeros me llamaron la atención. Y por ello otra vez pensé en dejar el curso. Pero aquella tarde hice la que sería mi última meditación y extrañamente estuvo muy bien; entonces decidí quedarme hasta el final.
Cuando dejé el templo sentí un alivio y como pocas veces tuve una sensación de libertad. Aunque me fui pensante en el mensaje de Ajahn Suphan, mi maestro: “La verdadera práctica comienza después de la práctica”.
Zona tribal
Una de las actividades más populares en el norte del país es hacer una caminata a través de las montañas para visitar las aldeas tribales de la región. Según me explicaron éstas minorías étnicas poseen su propio dialecto, forma de vestirse, costumbres y creencias espirituales. La mayoría son de origen semi-nómada y proceden de migraciones a Tailandia desde Tíbet, Birmania, China y Laos de los últimos 200 años. Sus principales grupos son los Karen, los Hmong, los Lahu y los Akha entre otros, y de acuerdo al Instituto de Investigación Tribal de Chiang Mai la población indígena supera al medio millón de habitantes.
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| Baan Mai Nai Soi |
En la actualidad muchos grupos de las tribus viven de los ingresos del turismo y según me contaban algunas aldeas se convirtieron en auténticos parques temáticos, donde por medio de un departamento de cultura cobran a los turistas una entrada para visitar el lugar. Tal es el caso de la tribu Karen de origen tibeto-birmano que lleva más de 3 décadas combatiendo contra el Gobierno central de Birmania para establecer un estado independiente. Durante la década de 1990 muchos miembros de la tribu huyeron a Tailandia donde fueron recibidos por el gobierno Tailandés. Actualmente existe un campo de refugiados que alberga a más de 8000 personas de ésta etnia pero también 3 aldeas de “mujeres jirafa” montadas a poca distancia una de la otra y que se transformaron en la principal atracción turísticas de la zona.
Y por ello cerca de Mae Hong Son, visité la aldea Baan Mai Nai Soi, que según me informaron es la más tranquila de las 3 por su difícil acceso. Allí vivían por lo menos unas 30 familias y en el momento que yo llegué apenas había un par de turistas. Al llegar pagué una entrada de 6 u$s y recorrí libremente su única calle donde cada familia tenía un puesto de artesanía y donde las mujeres tejían sus prendas. Según me explicaron el uso de los collares de las mujeres jirafa es simplemente una costumbre cultural indicadora de belleza. “Tradicionalmente los collares se consideraban joyas. Cuanto más largos, mayor era el atractivo de la mujer y mayor era su prestigio”, me decía Kaya en un fluido inglés, y seguía: “solo la mitad del dinero de lo recaudado de las entradas va para la comunidad pero la venta de las artesanías y tejidos son otra fuente de ingreso importante para cada familia. Pero también somos abastecidos con comida periódicamente por el gobierno tailandés, tenemos una escuela y ahora esperamos por una pequeña clínica”.
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| Mujer Karen | Mujeres Karen |
Sin duda que el potencial comercial de las mujeres jirafas es increíble, más de 15.000 turistas las visitan por año. Un verdadero negocio para la gente local, para los agentes de viaje e incluso para el Gobierno Tailandés. Pero también para las mujeres jirafas y sus familias.
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